Jesús Loroño en el Tour del 53

Desde los inicios de la carrera ciclista por etapas más célebre e importante, el Tour de France, en 1903, la participación de españoles no ha dejado de crecer tanto en número como en importancia.

La primera participación de un corredor de nacionalidad española en el Tour se registra en 1908, y curiosamente no inició la competición desde el lugar donde se dió la salida, sino que se uniría en la cuarta etapa, entre Befort y Lyon. Es el único participante de aquella edición del que desconocemos el nombre, sólo aparece registrado por su apellido: Gonzales.

En aquella época, era frecuente que los participantes acudieran al inicio de estas carreras desplazándose en su propia bicicleta desde su lugar de origen, a veces con algo de suerte podían realizar algún tramo en tren o por carretera.

Posteriormente otros españoles se enfrentaron a la aventura gala, com mayor o menor fortuna. Estos pioneros realizaban las etapas en una modalidad que se dió en llamar «isolé«, o lo que es su traducción del francés: aislados. Sin ningún tipo de acompañamiento, totalmente desasistidos, prácticamente en misión de supervivencia.

Así participó Joseph Habierre, nombre adaptado al francés del aragonés José María Javierre, que tomó la salida en las ediciones de 1909 y 1910. Hasta que el oriholano Bernardo Ruiz consiguiera vencer en una etapa en 1951, hubo siempre una abrumadora mayoría de participantes franceses, belgas, suizos e incluso italianos, siendo los españoles siempre una «rara avis» en el pelotón del Tour.

El entonces seleccionador nacional, el otrora incombustible campeón catalán Mariano Cañardo, se fijó en un joven de familia numerosa y huérfano de padre desde niño en un caserío vasco que, pese a las dificultades económicas, había conseguido despuntar.

Jesús Loroño Arteaga contaba ya con algunas victorias en su palmarés. Se impuso desde muy joven en pruebas locales, como la Subida al Naranco y la Subida a Arantzazu, ambas pruebas de las que fué ganador en 1947.

Hasta dos años más tarde no llegarían nuevas victorias, en el entorno siempre de las pruebas del País Vasco, como la Subida a Arrate o el Circuito de Getxo. En 1951, un Jesús Loroño que contaba con 25 años vencía una de las etapas de la Volta a Catalunya.

Desde Hendaya se desplazó a París, donde le esperaba el masajista del equipo para acompañarle a L’Equipe, diario organizador, donde le dieron, como era práctica habitual en la época, la bicicleta para participar en igualdad con el resto de competidores. Junto a la bici, el diario de ruta y algunas instrucciones en francés, partieron hacia Estrasburgo, desde donde en esta edición especial del 50 aniversario del Tour tomaba la salida.

Una vez allí el seleccionador le confirma que, junto a su amigo el tambien vizcaíno Dalmacio Langarica, su misión en el equipo va a ser la de apoyo incondicional a los líderes del equipo (Masip, Trobat, Serra y Gelabert). Ofrecer una rueda en caso de pinchazo, llevarles agua, subirles en caso de corte o despiste…

Loroño se siente decepcionado, pues sabe que llega en un estupendo estado de forma, pero Cañardo le aclara, tajante: «Has venido aquí a ayudar».

Jesús Loroño Arteaga, con los colores del FAEMA

Aun así, el chaval que competía con un mono de trabajo y bicicletas recicladas en su caserío de Larrabezúa por fin se codea con los grandes de su época: Bartali, Magni, Robik o Kobler son las figuras del pelotón internacional. La gran estrella del momento, Fausto Coppi, ganador ese mismo año del Giro d’Italia y vencedor en la edición anterior de varias entapas, entre ellas la mítica de Alpe D´Huez, no era de la partida en esta edición, por temas que trataremos en otro artículo.

Ninguna de estas figuras del momento conocen al joven español, y por lo tanto no sospechan que éste chicarrón del norte les tiene preparada una gran sorpresa. Porque Loroño, tenía un plan.

El plan de Loroño

Desde que repasó su libro de ruta en París, Loroño se fija en una etapa para dar el todo por el todo: se trata de la décima etapa, la primera que transcurre cerca de su tierra, en Los Pirineos.

Las etapas previas, que transcurren por la costa atlántica francesa , transcurren con normalidad finalizando al sprint disputado entre franceses, holandeses y suizos.

Tras el día de descanso al fin llega la montaña, con dos etapas con grandes puertos míticos ya en aquel tiempo: el Aubisque, el Tourmalet, el Aspin y el Peyresourde.

Los dos vascos se han tomado tan en serio la tarea oscura y abnegada que el seleccionador les ha encomendado, que Langarica está situado como farolillo rojo, en el puesto 100, mientras que Loroño es penúltimo en la clasificación general.

El gran día

Loroño lleva todo el día de descanso repasando una y otra vez en su librillo de ruta la etapa siguiente, entre Pau y Cauterets, de sólo 100 km. Tiene en su camino el temible Col de Aubisque. Cañardo le nota raro, y pregunta: «¿Estás pensando en atacar mañana?» a lo que Jesús contesta evasivamente: «No se… ya veremos qué pasa». El silencio del seleccionador es interpretado como un visto bueno tácito de éste, que no podía contradecir a la propia estrategia establecida.

La ciudad de Pau despide con gran entusiasmo a la caravana del Tour. En los primeros kilómetros hay algunos intentos de escapada, pero en general el pelotón marcha agrupado y sin prisas, conocedor del obstáculo que se avecina.

Desde el cercano país vecino, España, empiezan a verse los aficionados que se han desplazado a ver la carrera. Loroño lleva en sus mangas las franjas bicolor de la bandera. Los aficionados no saben su nombre, pero cuando lo reconocen entre los primeros puestos , siempre atento, le animan y vitorean, muchos en su lengua materna.

El favorito para la adjudicarse esta primera etapa seria de montaña es el ganador del Tour dos años antes, el suizo Hugo Koblet. Ciclista muy completo, rendía tan bien en la montaña como en el llano. Incluso disputaba frecuentemente los finales al sprint, sin duda esta habilidad heredada de sus inicios en la modalidad de la persecución en pista, que habían sido una buena escuela.

Cuando Loroño da el salto del pelotón con una fuerza impresionante, casi ningún participante, ni periodistas destacados, reconocen al español. Es un perfecto enigma del que nadie tiene referencias. No parece que pueda aguantar el ritmo impuesto, pues en pocos minutos abre un hueco importante respecto a las primeras unidades del pelotón.

Cuando empiezan a llegar las referencias, Koblet, el apuesto suizo de ojos verdes que se peinaba en la meta para posar adecuadamente en las fotos, se da cuenta de que la distancia es insalvable. En la cima del Aubisque, Loroño aventaja en más de cinco minutos a sus dos perseguidores: las figuras del equipo suizo: Huber y Koblet. Pero aunque el suizo se retuerce sobre su bici en las últimas y serpenteantes rampas de la estación de esquí, sólo le sirve recortar tiempo en el descenso.

Las cámaras recojen el momento en el que los aficionados subirán al campeón suizo a un coche, después de sufrir una aparatosa caída que le dejará definitivamente fuera de esta edición del Tour de France. Al fin, Jesús Loroño aún aumentará su ventaja en las rampas del Soulor y se impondrá en la meta de Cauterets con un fantástico tiempo de 3 horas, 14 minutos y 30 segundos.

Loroño da la sorpresa en el Tour del 53

Casi seis minutos tardarán en aparecer en la línea de llegada sus tres perseguidores: el francés Jean Robic, el italiano Giancarlo Astrua, que a la postre haría podium situándose en tercer lugar de la clasificación general de esa edición, y el Suizo Fritz Schär. Con unos segundos de diferencia tambien entraría en meta el que sería ganador del Tour , Louison Bobet.

Con la gesta de Loroño de este día, se salva la participación del equipo español, que hasta el momento había sido nula, transformándola en un inerperado éxito, tanto en lo económico como en la visión épica que se generó entre los aficionados españoles. A los 100.000 francos de premio embolsados por ganar la etapa y otros tantos por el premio al más combativo, se sumaron 50.000 francos más por ser el primero en coronar el Aubisque, más otros 100.000 francos para todo el equipo, ganador de la clasificación de ese día.

Loroño acabó en la clasificación general en el puesto 50, pero conservó hasta París el Gran Premio de la Montaña, donde el embajador español, el Conde de Casas Rojas, le recibió con la noticia de que había conseguido que el Tour le regalara la bicicleta con la que había conseguido su sueño.

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Participantes del Tour de Francia en los primeros años 50